Revista Digital TA 40 - Editorial
Ocurre bastante a menudo, en muchas disciplinas y en la vida misma, que el conocimiento profundo de algo impide ver sus aspectos más obvios. La arquitectura, en ese sentido, no es ninguna excepción. El arquitecto, desde que entra en la escuela, va dejando paulatinamente de mirar los edificios como cualquier otra persona. Comienza a ver aspectos nuevos, encuentra nuevos criterios de valoración... y va perdiendo la visión inocente del usuario de a pie. A veces llega el momento en que, hundido en las complejas entrañas de la disciplina, el profesional parece olvidarse de que ese agente llamado persona , que viene precisamente cuando él ya se ha marchado.
Un edificio, a diferencia de otro tipo de proyectos creativos como el cine, sigue en proceso de manipulación más allá de donde nosotros, los arquitectos, solemos dejar de pensar en él: en el final de la obra, el comienzo de su utilización y disfrute por parte de los usuarios. Cuando la última pieza está colocada, la última superficie pintada, y podemos cortar la cinta de inauguración, respiramos aliviados, pensando que lo peor ya pasó. ¿Ya pasó? Lo peor, lo auténticamente peor, muchas veces está todavía por llegar. Es el momento en el que esas personas -que fríamente llamamos usuarios - entran en el edificio y comienzan a moverse por él, a utilizarlo con más o menos cuidado, a desgastarlo inevitablemente. Y el edificio, hasta entonces de aceptable buen aspecto, comienza a mostrar todos sus defectos sin pudor ninguno. Las paredes se manchan rápidamente, las instalaciones se revelan insuficientes, las baldosas resultan ser muy resbaladizas y -horror de los horrores-, se empiezan a hacer necesarias una serie de reformas que acaban de desfigurar el edificio original. Y el arquitecto, ¿dónde está? Demasiadas veces,y en lo referente a sus intenciones, bien lejos.
El Staff de TodoArquitectura.com
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